Situación de mexico en el uso de plantas medicinales

El uso de medicinas alternativas como las plantas medicinales y los suplementos dietarios ha sido una práctica tradicional que no ha caído en desuso (Barthelson et al., 2006: ). Se estima que 80% de la población mundial depende de remedios herbolarios tradicionales y que al menos 35 000 especies vegetales presentan potencial para uso medicinal (Annan y Houghton, 2007: 141-144). La gran diversidad vegetal y la amplia riqueza cultural de México han favorecido el aprovechamiento de las plantas con fines medicinales desde épocas prehispánicas (Martínez, 1996). Este patrimonio cultural se ha transmitido de generación en generación, de manera que algunas costumbres subsisten y son ejercidas de manera cotidiana, tanto en áreas rurales como urbanas (Bye y Linares, 1987: 200-230; Campos, 1993; yeh et al., 2003: 1277-1294). Estas prácticas médicas permanecen vigentes debido a que, entre otras cosas, los tratamientos tradicionales están basados en la enfermedad como es concebida dentro de su cultura, por lo que es pertinente percibir el tratamiento tradicional como un aspecto integrado en ella (Ryesky, 1976). En México existe una extensa variedad de tratamientos fitoterapéuticos que forman parte de la herbolaria tradicional mexicana. Soportada por aproximadamente 4 500 especies, ésta ocupa el segundo lugar a nivel mundial en el número de plantas medicinales registradas (Martínez, 1996; Barragán, 2006). Tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo, el uso y la comercialización de fitofármacos y productos naturales con fines medicinales muestran un crecimiento acelerado en los últimos años (Chávez y Roldán, 1994), lo que se evidencia con el aumento significativo en la demanda mundial por estos productos. También se ha comprobado que algunas plantas que se utilizan con fines medicinales tienen principios activos que se emplean para la elaboración de fármacos comerciales (Estrada, 1989: 43-46; Méndez, 2000: 5.
La herbolaria es un recurso básico de la medicina popular, pero nuestro conocimiento de ella es escaso e impreciso por lo que es de suma necesidad, acudir con un experto en el campo para recibir un tratamiento efecto o y seguro.
Actualmente se encuentra lejano rescate apropiado de este apartado de la cultura de la cultura. El “retorno” a la naturaleza que anuncia la sociedad de consumo con una gran variedad de productos de origen vegetal puede conducirnos no necesariamente a conservar la tradición o aplicación de tratamientos de manera tradicional, sino a buscar extractos o principios activos para la elaboración de suplementos o de medicinas alopáticas de patente, lo que implica nichos de oportunidad y de peligro para esta práctica medicinal.
La nomenclatura de las plantas que se utilizan actualmente en la medicina tradicional mexicana es un sincretismo entre varias culturas. A lo largo de la historia, la población mexicana, sobre todo la indígena, seguida de la mestiza, sobrevivió recurriendo a la medicina herbolaria, cuyos recursos pasaron a formar parte de la medicina popular y doméstica, dado que solucionaban muchos de los problemas de salud de su tiempo y espacio, únicamente condicionado su uso por la cultura y la ecología, por lo que llegó a tener un estatus nacional. Sin embargo, la aplicabilidad a la medicina de los recursos de la herbolaria sigue siendo inagotable. En la actualidad la medicina doméstica se ha limitado por el proceso de urbanización e industrialización. El conocimiento terapéutico de las plantas se ha relegado —sobre todo de aquellas cuyo manejo requiere experiencia diagnóstica y terapéutica— a un estrato de actores especializados, como los hierberos, los curanderos, las parteras, los sobadores, que evidencian un profundo dominio de la medicina tradicional, aún no comprendido cabalmente por la medicina hegemónica (Lozoya, 1987: 83-94). Otros aspectos que no se contemplan en las estadísticas oficiales son el dolor, el sufrimiento y la desesperación causados por las afecciones agudas y crónicas que no son tratadas o no pueden recibir tratamiento de acuerdo con la cultura y que provocan una disminución de los años de vida y de la calidad de la misma en los grupos sociales que acceden a medicinas marginales (Bruner, Ortiz de Montellanos y Rubel, 1992: 223-263).
Estos problemas han sido señalados y debatidos desde hace tiempo por investigadores como Gamio (1966), Mendizábal (1947), Cravioto (1979: 244-248), López Cámara, (1968: 355-367), Collado (1983: 243-262), Lozoya y Zolla (1983). Dichas soluciones a favor de la medicina llamada tradicional enfrentan a una medicina hegemónica que invade campos y no comparte espacios de atención —hay pocos ejemplos que confirman la excepción—, y menos el marco conceptual que los soporta. Un ejemplo es el servicio social en ciencias de la salud, proceso durante el cual los pasantes reciben poco entrenamiento en aspectos sociales, económicos y culturales de las prácticas médicas tradicionales de las comunidades a las que son asignados (Aguirre, 1986: 234), además de que la ausencia de un lenguaje común entre los médicos científicos y los tradicionales es un obstáculo formidable. Al interior del paradigma científico, el conocimiento se acumula a través de métodos y procedimientos estandarizados, precisos y replicables, cuyo resultado es un cuerpo de conocimientos de base empírica sobre la estructura y función del objeto de estudio. Examinar los componentes de los sistemas etnomédicos a la luz de las categorías científicas permite entenderlos de manera parcial y a la inversa. En otras palabras, estamos ante un caso de inconmensurabilidad, como señala Khun (1975).
Al respecto Bruner, Ortiz de Montellanos y Rubel (1992: 223263) proponen:
1) Detectar los fenómenos registrados con categorías emic. Por ejemplo, “al determinar las características de un síndrome nosológico de tipo tradicional y enlistar las razones por las cuales se usa un tipo de plantas medicinales al surgir síntomas o enfermedades específicas.
2) Determinar hasta qué punto pueden entenderse los fenómenos descritos en términos de concepciones y metodologías científicas. Por ejemplo: con base en la afirmación de los representantes de medicina tradicional, que una planta es efectiva para determinada enfermedad o provoca ciertos efectos específicos. Una evaluación de tipo etic compartiría el análisis farmacológico correspondiente para determinar si sus compuestos se relacionan con los efectos señalados,: remedios para que detengan el sangrado postparto contra la atonía uterina.
3) Detectar áreas de convergencia o divergencia entre los fenómenos estudiados y los esquemas interpretativos biológico-científicos, v. gr.: zapote blanco e hipotensión.
En el caso de las plantas medicinales la mayor parte de la literatura atribuye los efectos curativos a su valor simbólico, al carisma del terapeuta o a un efecto placebo. Incluso pueden detectarse efectos nocivos si se subordina el poder curativo al ámbito biológico, lo que produce un conocimiento rudimentario sobre la verdadera eficacia de las plantas medicinales, puesto que apenas se inician procedimientos sistemáticos integrales para evaluarlas.
Ortiz de Montellanos y Bruner propusieron (1985: 57-88) un procedimiento básico:
1) identificación botánica precisa y completa;
2) investigación bibliográfica exhaustiva sobre la bioquímica de los principios activos de la planta; 3) documentación farmacológica de los efectos fisiológicos de la planta.
4) comparación de los efectos terapéuticos conocidos por la ciencia con aquellos que los usuarios de las plantas desean lograr y así evaluar congruencias y discrepancias. Obviamente, estos aspectos no agotan las evaluaciones posibles para las plantas medicinales, máxime si se toma en cuenta que los avances tecnológicos son cada vez más rápidos. El esquema anterior tiene la ventaja de que es gradual y acumula conocimiento, y establece a su vez un puente entre la medicina tradicional y la medicina científica, además de que puede aplicarse por regiones fitotípicas, a manera de protocolo-inventario a cargo de las universidades públicas de cada estado a partir de estudios comunitarios del uso de plantas medicinales, colectas dirigidas y estudios laboratoriales.
La suma de todos estos factores, será parte fundamental en la eficacia y seguridad del tratamiento herbolario y/o fitoterapéuticos, en algunos de los casos, existen estudios que aseguran el uso de diversas plantas medicinales ya se mediante extractos vegetales en alcohol, aceite y /o agua, así como las diversas técnicas de cocción, teniendo así una certeza del tratamiento a recibir, sin embargo en ocasiones es necesario continuar con el tratamiento convencional y utilizar esta opción como coadyuvante, y esto es de vital importancia, entender y comprender, ya que de lo contrario el agravio a la salud será mayor e irreversibles , por tanto la siguiente vez que utilices una planta medicinal es importante conocer las características de la misma, y valorar los beneficios que se han obtenido a través de la investigación.
Fuente: Javier E. García de Alba García, Blanca C. Ramírez Hernández, Gilberto Robles Arellano, Julia Zañudo Hernández, Ana L. Salcedo Rocha y Javier E. García de Alba Verduzco. Conocimiento y uso de las plantas medicinales en la zona metropolitana de Guadalajara. SABERES Y RAZONEZ. Desacatos, núm. 39, mayo-agosto 2012, pp. 29-44
obtenido a través de la investigación.









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